viernes, 31 de octubre de 2008

LA COLUMNA DEL VIERNES

Una vida sin música, mi querido lector, es una vida inútil. Considérese de piedra fría y dura aquella existencia en la cual no vibra acorde ni fluye una mínima melodía como ordeñada leche de la ubre al tacho. La música es la sonora representación de un alma inspirada, de un sentir transtemporal que se propaga infinitamente en el espacio cuando se tañe un laúd, se percute un plectro, se golpetea un crótalo y se cascotea un berimbau. Y no algo distinto podemos decir de aquellas letras que acompañan a dicha música y no hacen sino ensalzar en verbo aquella manifestación íntima y sonora del espíritu. La música, querido voyeur de letras, nos adorna la existencia como se adorna un equeco en vísperas de la celebración de la Pachamama. Y así como la música logra en nuestra ontología tan almibarado efecto, la letra que acompaña la música nos pone en la boca aguirnaldadas estructuras semánticas que no son sino un reflejo simétrico de la música a la que corresponden. Esta última reflexión da sobrado fundamento teórico al surgimiento de la común frase tan propias en los chamuyos de boliche, bar, ágape, sarao y sobremesa post asadito "Ay, es como dice la canción (la que se le antoje a usted)". No faltará en esas ocasiones, aquel que haciendo gala de su sapiencia musical, se la pase citando una y otra canción con fines de conquistar y cortejar al sexo opuesto, sobre todo en el sexo masculino, aunque el sexo femenino no es menos en esta actitud de citar canciones, sobre todo en las intelectuales o aquellas tilingas grasas que se las tiran de tal. Póngase de ejemplo a citar los miles de gustos musicales y miles en juego a la hora de ponerse a payar citas de letras de canciones.

Yendo a lo concreto ¿a qué viene todo esto? Yendo a lo concreto pues, me gustaría hacer notar en nuestra sociedad una perniciosa y específica conducta de este tipo que pulula constantemente por doquier en esta patria como es tener de referencia constante al Señor Joaquín Sabina que, como si fuera un oráculo de Delfos, el libro gordo de petete, o el kamasutra, es citado constantemente por gran cantidad de gente adicta al mencionado español, gente, es justicia decir, mayoritariamente femenina, y un resto que le va a la saga de acólitos masculinos que difieren de los emos en cuanto a la vestimenta y nada más. Lo formidable de este específico caso de citadores de canciones de Sabina es que no sólo tienen por gusto citarlo constantemente sino también dar una explicación cabal y definitiva del sentido último del universo, de la vida y de la muerte (lato sensu), como si el señor Sabina diera a través de su trova y poética posmoderna, suficiente sustento teórico a todo lo que somos, todo lo que no somos, de todo lo que nos rodea y de lo que no nos rodea. Esta actidud de estos especímenes, aparte de ser tediosa, es sumamente nociva, naif y garca, y propia de gente dada a encumbradas pretensiones de seudointelectualidad, no dude, mi buen amigo, que estos tipos tengan en los anaqueles de su biblioteca la colección de "libros ... para principiantes" (...= Hegel, Platón, Wittgenstein, Maradona, Perónismo) cuando no libros de Coelho, Deepak Chopra y José Ingenieros.

Y termino esta columna con un consejo: Cuídese y si encuentra a uno de éstas personas, cíteles a Frank Zappa, King Crimson, Björk o José Larralde. De paso viértales sal inglesa en la cerveza, el cuba libre o el licuado de ananá.

Buenas noches.

1 comentarios:

Gisofania dijo...

Ñamfrifrulifralifru!!!!!!!!!!

Encantóme esto.

Boa noite, cavalheiro